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Nostalgia de cosas que no he vivido

I

Agustín, «El Mudo», el que no puede saber ni hablar de lo que pasó con su familia. Él es el protagonista de la novela. Él —siete, ocho, diecisiete años— está tratando de construir su propia identidad en una familia que se desintegra. Yo leo esa novela: El amor nos destrozará.

«Love will tear us apart» se repite una y otra vez en un cassette que encuentra Agustín. No lo escucho. Escucho/leo otro estribillo, el de la novela, el del personaje/voz narrativa, «quiero acordarme».

¿Se acuerda? ¿No se acuerda? ¿Acaso sabe?

La memoria, la familia, la hermana muerta no le hablan, no le cuentan, no le resuelven los problemas. Lo único que le habla está en un idioma que va aprendiendo. Agustín no sabe, no supo, no sabrá; nosotros tampoco. La novela es eso: la experiencia de la incertidumbre.

II

Yo podría escribir esa especie de reseña, pero me niego. Así como me niego, incluso en prácticas imaginarias, a escribir una reseña que dé cuenta del argumento o que ofrezca un resumen parcial de los texto. ¿Por qué? Por un lado, debe ser porque «Yo no recomiendo» (p. 230). Considero que el hecho de haber disfrutado algo no implica que alguien también pueda hacerlo, aunque no niega la posibilidad. No es esnobismo, es timidez o algo así.

Por el otro, supongo, tiene que ver con el hecho de que no me gustan las reseñas que me cuentan una parte de la historia y no de la experiencia de la lectura. ¿Espero acaso que el crítico oriente mi conducta y me diga que al leer voy a conmoverme? No, no es eso. Sólo que espero que no me digan que «Las aventuras de Fulano es una novela de aprendizaje. La novela comienza cuando Fulano tiene diez años y sale de su pueblo para...». Eso me lo dice la contratapa, la solapa y el librero. Una reseña, entiendo, tiene que ser otra cosa. Algo que yo tampoco sé escribir, pero a veces leo.

En fin, esta entrada no es para contar qué es lo que espero de la crítica. Sino para contar por qué me gustó tanto El amor nos destrozará. ¿Justifico esta pérdida de tiempo —¿A quién le interesa si te gustó y por qué?— de algún modo? No. No quiero. Sólo tengo ganas de escribir.

III

«La memoria se quiebra» (165). El sujeto es un sujeto divido, fracturado. Sí, todo eso ya lo sabemos. No uso la frase por eso. La memoria, los cassettes, las canciones que se reproducían y la Bic que teníamos que usar porque el pasacassettes podía llegar a morder la cinta y ahí se venían los gritos, el caos, la decepción. Pasó, una vez al menos pasó. Por eso lo sé. Por eso siempre usé la Bic, para que no me pasara a mí, para que los gritos no sean hacia a mí. Y, además, porque los cassettes no eran míos.

Trato de recordar cuáles eran los cassettes que escuchábamos y sólo recuerdo Violador de Depeche Mode, que uno de mis primos le robó a mi hermano. No hay nada que hacer, recuerdo el día en que me compré mi primer CD, eran las canciones de Pinocho. Lo reproduje una o dos veces. Mis viejos tenían seis hijos, yo era el menor, y no tenían tiempo ni ganas de que yo repita una y otra vez el mismo disco.

Teles hubo y hay muchas, a pesar de la cantidad de hijos. Paradoja. Eso permitió que siempre pudiese jugar al Family, al SEGA y, finalmente, a la PS. Llegó la computadora y tuve más tiempo para jugar. El CPU no recalentaba como los transformadores.

Cassettes. Hay, creo, en mi casa unos que tienen grabados mis primeros «programas de radio». Con unos amigos que ya no veo, que no veo desde los diez años, una noche en la que fui a buscar el CD del "PCFÚTBOL 5.0" y uno de ellos me lo devolvió y me dijo «Ah, ya no somos más amigos». Nunca supe por qué dejábamos de serlo, pero lo acepté con alegría. En esa época, empezaba a tener y frecuentar a mis amigos de la primaria y creía que me sería difícil mantener dos amistades. No tuve que mantener dos amistades ni optar, fue todo mucho más sencillo.

En fin, esos cassettes deben estar por acá. Hablábamos, hacíamos música con los botones del equipo que habíamos comprado para el cumpleaños de mi hermana. No sé qué hablábamos, no tengo idea, pero teníamos una radio, todas las tardes, a las cinco.

IV

Hay otros cassettes. No los tengo yo y creo que nadie. Se digitalizaron y, supongo, están en la computadora de Nico. De esos tengo algún que otro recuerdo. Grabamos dos programas de radio. Creo que bastante parecidos. Había un «monstro». Mariano usaba una careta en la mano y la hacía modular. Nunca entendimos por qué nos causaba tanta gracia. Quizás, quizás, quizás, porque estábamos haciendo radio y nadie veía la careta.

También recuerdo que yo intenté contar una historia. Empezaba y terminó así: «Trémula caminaba...». «¿Trémula?», dijo uno, «¿Se llama trémula? ¿Los padres no la querían?». Nos reímos, muchísimo. Charlie de The pearks of being a Wallflower diría «Fuimos infinitos».

V

La novela me gusta por lo obvio, porque me recuerda muchas cosas de mí. Pero también me trae nostalgia por las cosas que no he vivido. Por la escasez de la información o, mejor dicho, de medios para acercarse a lo que uno quería saber. La información no existe.

Me imagino a mi hermano, adolescente, fanático de Depeche Mode. Eran los ochenta, los noventa de la novela vendrán después. Él adulto. Yo terminé los noventa con trece y escuchando ¿qué? «Chala, head, chala».

Me lo imagino comprando revistas para saber algo sobre los temas, buscando en un diccionario castellano-inglés (¡NO! los diccionarios son español-inglés) las palabras, una por una. Do, doesn't, It, share, life, algunas se repiten y las aprende rápido. Lo veo traduciendo esas canciones. Lo sé atravesado por «It Doesn't Matter» o «Somebody». Lo sé escuchando la radio y reproduciendo alguna de las "revelaciones" que compartían los locutores.

Eso. Todo eso. La novela me trajo todo eso. Y más. Mucho más. Hay cosas que ahora no sé o no puedo o sé y no quiero explicar.

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